04/02/2005, 12:13)
Lo siento. Es cierto que la cosa no es de ayer, que llevamos seguramente más de dos décadas preparando el entierro, pero ahora sí, ahora ya está. Se acabó. Ha bastado un año de tripartito -y el inesperado advenimiento del socialismo en el Gobierno de España- para que el incesante trabajo de zapa de la conjunción nacionalsocialista diera por fin sus frutos. En realidad, el desenlace empezó a entreverse el mismo día de la firma en el Tinell del «Acuerdo para un Gobierno catalanista y de izquierdas»
Aquel reparto. A Esquerra Republicana le dejaban el campo libre. Por un lado, Enseñanza. Por otro, Política Lingüística. Y esta última, encima, dependiente del consejero mayor del reino. O sea que lo de la lengua única iría a más. Luego vino el viaje a Perpiñán y el movimiento de piezas. Bargalló, Josep, dejó su puesto a Cid, Marta. Es decir, un licenciado en filología era sustituido por una licenciada en psicología, diplomada en magisterio y postgraduada en logopedia. Seguíamos yendo a más. Y finalmente le han cambiado el nombre. Aunque al principio aseguraron que no, que el costo era excesivo, que si las placas, que si la papelería, parece que les ha alcanzado el presupuesto y el departamento, antes llamado de Enseñanza, ha pasado a llamarse, como en España, de Educación. De Cataluña a España. Más imposible.
Ahora ha pasado un año. Y ya está, se acabó. Lo que empezó a entreverse el día del Tinell dispone ya de formato, calendario y ejecución. Se llama «Programa 2004-2007. Una educació per a la Catalunya del segle XXI». Se llama así y no de otro modo, pues, como señala la propia consejera en la presentación del documento, «el català, com a llengua pròpia, esdevé un important element comú d´integració i de cohesió social». Bien. El catalán es lo que era -lo propio, lo importante, lo común, la garantía de la integración y la cohesión social- y lo seguirá siendo, corregido y aumentado. Faltaría más. ¿Y el castellano? El castellano no figura en el programa. El documento no alude a su existencia. Ni una sola vez. Ni por caridad. ¿Para qué va a aludir a algo impropio, disgregador, separativo, un programa que constituye una clara apuesta de futuro? El documento sí alude, en cambio, a la existencia del inglés: hay que potenciarlo en los centros de FPA, dice. ¿La FPA? La FPA es la Formación de Personas Adultas. ¿Las personas adultas? Pues, claro: el programa no se limita a lo tradicional; es mucho más ambicioso. Quiere cambiar la sociedad. Y, para alcanzar el objetivo, el cambio de consejero por consejera vino como agua en mayo. Un filólogo -y ustedes perdonen- nunca cambiará la sociedad. Una psicóloga, medio pedagoga y logopeda -tres en una, tripartita en el tripartito, algo así como una novena parte del todo- sí puede lograrlo. O, cuando menos, intentarlo. El afán del primero se proyecta sobre los textos, sobre el conocimiento, sobre la transmisión crítica de este legado. El afán de la segunda, sobre las personas. Sobre las personas y sus problemas. ¡Menuda diferencia!
De ahí que le hayan cambiado el nombre al departamento. Puestos a cambiar, lo primero es el nombre. Ese nominalismo de la izquierda, tan arraigado. Y sobre todo ese verbalismo, ese considerar que la palabra, la voz, el diálogo, la formulación de los valores, constituyen de por sí, más allá de los hechos y sus consecuencias, la realidad misma. Se acabó la enseñanza. Empieza la educación. ¿La educación? La educación según Delors. Traduzco del documento: «Según J. Delors, la educación debe estructurarse en torno a cuatro aprendizajes fundamentales: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser». Ya ven qué parte corresponde a la vieja enseñanza. Pero también la educación según Marchesi, el padre de la Logse, ese desastre mayor que el de Annual. Porque el profesorado, en estas circunstancias -y aquí entra Marchesi, un Marchesi redivivo, de febrero de 2004, cuyas palabras, por la gracia de la doble traducción, devuelvo a su estado original-, adquiere «responsabilidades concretas en el desarrollo afectivo, la convivencia y la educación moral de su alumnado». Este es el precio: la reconversión del profesorado. O sea, su extinción. De cómo va a ser el exterminio les hablaré la próxima semana.
14/02/2005, 12:03)
La pasada semana -el viernes, sin que sirva de precedente- lo dejamos en estos términos: la extinción del profesorado. Hoy toca, por lo tanto, desarrollar el enunciado y explicar en qué va a consistir dicha extinción. La respuesta, se lo recuerdo, está en el «Programa 2004-2007. Una educació per a la Catalunya del segle XXI», elaborado por el departamento de Educación de la Generalitat. Para que ustedes se hagan una idea: lo que el documento propone sobre este punto es una pura y simple reconversión del sector. De las más drásticas, por cierto.
Vivimos en «una sociedad sometida a continuos cambios sociales, económicos y culturales», y ello exige «un nuevo perfil profesional del profesorado». No unos cuantos ajustes partiendo del perfil ya existente; no, uno nuevo. Como el Estatuto. A grandes males, grandes remedios. Aunque estos remedios signifiquen la desaparición a corto plazo de la función profesoral y, con ella, la de los propios docentes.
Y es que la propuesta del departamento no deja, al respecto, lugar a dudas: «Hace falta un profesorado que (...) actúe como mediador entre una cultura cambiante y un alumnado que se enfrenta a ella desde intereses diferentes». Observen, ante todo, el escenario. Un enfrentamiento. A un lado, la cultura, inaprensible; al otro, el alumnado, inquieto y dispar. ¿Y el profesor? El profesor, en medio, por supuesto, tratando de poner paz. Esta es la clave, pues. La mediación. Y para llevarla a cabo, a nadie se le escapa que lo más apropiado no es un profesor a la vieja usanza, es decir, alguien capaz de transmitir a sus alumnos unos determinados conocimientos sobre una determinada materia -capaz incluso de transmitirles una cierta pasión por lo que enseña-, sino alguien con otra clase de dotes. Algo así como un psicólogo. Da igual que no haya estudiado para eso, que sea químico, o licenciado en bellas artes: lo importante es la actitud, el ánimo, la predisposición. Es cierto: no todo el mundo vale. Sobre todo los granaditos, los que ya llevan en eso algunas décadas. El departamento lo tiene muy en cuenta en su programa: «Hoy una parte considerable del profesorado se sitúa en una franja de edad comprendida entre los 45 y 50 años». A esa franja también la llama, con gran decoro, «las etapas finales de su carrera profesional». En fin, que a esos profesores les falta poco para el retiro. Por suerte, prosigue el documento, «a lo largo de los próximos años habrá una fuerte renovación generacional (...), lo que puede ayudar a cambiar progresivamente el perfil profesional». O sea que, entre el paso del tiempo y una política inteligente de jubilaciones anticipadas, en 2007 puede que ya tengamos a buena parte del sector reconvertido. ¿Y a los nuevos -tal vez se pregunte algún lector-, qué más se les va a exigir, aparte de las aptitudes citadas? Pues no gran cosa. Cuanto menos destaquen, mucho mejor. Deberán servir para todo y no estar especializados en nada, ser como una especie de comodines que igual pueden dar clase en primaria que en secundaria. Por el mismo precio. Y tomen por favor la expresión en su sentido recto: por el mismo precio significa que, en el futuro, un maestro y un profesor cobrarán igual. Dicho de otro modo: ya no habrá categorías, diferencias entre diplomados y licenciados. Por no haber, es muy posible que ni siquiera haya maestros y profesores. Que a todos los llamen maestros. U otra cosa. Lo importante, según el documento, es que desaparezcan «las actuales diferencias, tanto en lo tocante a las titulaciones como a la formación y capacitación profesional».
Hace quince años se cepillaron a los catedráticos. Luego empezó, por decreto, la mezcolanza entre maestros y profesores. Ahora van a por estos últimos. Su objetivo, confeso, es convertir la enseñanza obligatoria y el bachillerato en un inmenso parvulario. De P-3 a P-17. Ya casi lo han logrado. No falta más que un empujoncito para que se haga realidad la utopía igualitarista de esa pandilla de mediocres que han destrozado en un par de décadas el trabajo de siglos. Yo sólo les pediría una cosa: que permitan a los viejos profesores jubilarse mañana mismo. Aunque sólo sea para que estos profesores puedan recibir, en vida, un merecido homenaje.