PARADOJAS DEL "COMPAÑERO-DIRECTOR"
Pere Ciudad
(Publicat a "Escuela Española" nº 3583 de 5 de juny de 2003)
Buena parte de
las personas ajenas a la profesión docente, consideran que los profesores gozamos de una
situación privilegiada. Se comenta, por ejemplo, que somos el único colectivo que puede
escoger entre los compañeros de trabajo quien
va ejercer la dirección y por tanto, la jefatura del personal. Más aún, si pasados
cuatro años decide continuar, deberá contar con el beneplácito de las personas sobre
las cuales ha ejercido su mandato.
Un director
gestado en estas circunstancies padece de una debilidad congénita, que en muchas
ocasiones le impide tomar la mejor decisión para el interés general, quedando prisionero
de presiones corporativas. Debilidad que se ve agravada por el menosprecio de la
Administración educativa hacia su función, que se evidencia entre otros, en el ridículo
complemento económico que percibe, en la sobrecarga de trabajo que padece y en la falta
de autoridad delegada para atajar los problemas disciplinarios y de convivencia que se dan
en los centros.
En estas
condiciones ¿quién quiere ser director de un Instituto?
Como habrán
advertido, el director de un centro educativo es en muchos casos ( yo también conozco
excepciones notables), un personaje singular, que suele responder a determinados
estereotipos vitales. Algunos se ajustan al perfil del redentor, sujeto peligrosísimo que
piensa alcanzar la gloria mediante su sacrificio cotidiano ante la comunidad educativa. A otros les puede el
arribismo (personajes de ambición homeopática, claro), de pensar que la dirección es un
puente de plata hacia otros destinos superiores alejados de las aulas. También los hay
(de ego portable en una caja de cerillas) quienes necesitan creerse que son fuente de
autoridad, al menos durante unas horas al día, en algún lugar del universo más
próximo, son personajes que suelen compatibilizar todos los cargos honoríficos a su
alcance, desde la presidencia de la comunidad de propietarios del párquing hasta la
dirección de un IES. Los pardillos son otro grupo notable, son sujetos que pasaban por
allí cuando todos los listos se habían escondido y les acabaron adjudicando el muerto
hasta que transcurrido el plazo legal previsto puedan salir huyendo, convertidos ahora ya
en listos, hacia cualquier otro lugar orgánico más tranquilo.
Ciertamente
que no agoto todos los perfiles posibles, e incluso conozco a alguno que ha sabido
encontrar en un contexto tan adverso un espacio para la bicoca personal, pero en general,
quien hoy ejerce un cargo de gestión en un centro educativo publico es, por lo menos,
sospechoso de padecer algún tipo de patología de orden social o emotivo.
Ante este
panorama ¿cómo puede haber alguien que defienda la profesionalización de la función
directiva?
Una vez
superada la ilusión del "padre-amigo" o la del "profe-colega" ha
llegado el momento de entender que el "dire-compañero de trabajo" es el peor
negocio que hemos hecho los enseñantes, en lo referido a nuestros derechos laborales.
El
"dire-amigo" se ha convertido en un instrumento extraordinario en manos de la
Administración, para poder introducir multitud de pequeños cambios en nuestras
condiciones de trabajo, que han acabado por sumar una auténtica reconversión laboral,
sin que le haya supuesto ceder ninguna contrapartida.
¿Quien va a
enfrentarse seriamente a un director que da más pena que gloria y quien, al fin y al
cabo, está asumiendo un papel que puede acabar recayendo sobre cualquier otro profesor
del claustro, si optase por dimitir?
Por esta
senda, los compañeros-directores, de tanto hacer de abogados del diablo han acabado por
convertirse ellos mismos en diablos; sin saberlo. ¡Y todo ello, aceptado y vitoreado por
buena parte de los reconvertidos sin paga, en nombre de un modelo participativo con el que
pretendemos democratizar los modelos de gestión educativa del resto de la vieja y de la
nueva Europa!
Yo, no
obstante, preferiría saber a quien me he de dirigir para exigir mis derechos y evitar que
se sigan deteriorando las condiciones en las que desarrollamos nuestro trabajo como
profesionales de la enseñanza. No quiero
ser dirigido por un "mandao". Quiero tener delante a un director-representante
de la Administración ante el cual pueda formular mis exigencias y si no son atendidas
poder ejercer mis derechos, como cualquier otro trabajador.
Yo quiero un
director que, ejerciendo su autoridad, asuma de verdad sus responsabilidades y en primer
lugar la de mantener el orden, la disciplina y las normas de convivencia en el centro. No
me gustan los directores escondidos en su despacho y parapetados en la excusa de la
burocracia. Los prefiero en los pasillos y en las salas de profesores, conociendo la
realidad de su centro y ejerciendo su función de liderazgo del conjunto de la comunidad
educativa.
Quiero un
director que entienda que el mantenimiento de las normas de convivencia no es un problema
que empieza y acaba en el interior del aula sino que es un pilar estructural de la cultura
de centro, es el eje sobre el cual gira toda
posibilidad de llevar a cabo un proyecto educativo. Necesitamos a un director que quiera
ejercer las pocas opciones de corrección de conductas, que la normativa establece.
Quiero un
director que sepa reconocer mi labor docente, que la valorare y la premie. Que sea capaz
de tomar decisiones teniendo en cuenta el interés general y no la fuerza corporativa de
determinados grupos de presión. Quiero un director reforzado en su autoridad para que los
profesores que cumplen con su obligación no se sientan burlados en su dignidad
profesional.
Que sea capaz
de liderar un proyecto colectivo que sirva para recuperar el prestigio de la escuela
pública, en un marco de competencia con los centros concertados. Que entienda que sin una
presencia activa en el territorio, no será posible convertir al Instituto en un referente
próximo para el conjunto de las familias que han de decidir dónde matricular a sus hijos
y por tanto salvaguardar mi lugar de trabajo.
No quiero
seguir padeciendo a un director perdonavidas. Que no se nos siga amenazando con dimisiones
que nunca se materializan. Que no se nos dirija por compasión. Quiero una dirección que
me resuelva problemas, no que me pida el hombro para llorar en él sus limitaciones. Que
quien se dedique a estos menesteres lo haga por decisión propia y sea remunerado
profesional y económicamente de forma adecuada y por consiguiente, que su labor sea
evaluable y sujeta a responsabilidad.
La reciente
aprovación de la LOCE abre la posibilidad de
configurar un modelo profesional de gestión de los centros educativos, pero todo
dependerá del despliegue reglamentario, que en gran medida es responsabilidad de las
distintas Comunidades Autónomas.
Puede que en
muchas Comunidades los cambios respecto a la situación actual sean escasos, pues la ley
establece que en la comisión de selección de los futuros directores, los representantes
del centro han de ser un mínimo del treinta por ciento y de estos al menos el cincuenta
por ciento deben ser representantes del claustro (art 88.2).
Pero nada
impide que se aproveche para fijar un procedimiento donde la presencia de la
Administración sea mayoritaria, con lo cual se daría paso a un modelo de gestión
burocrático, con un director más atento a cumplir las directrices de la Consejería de
Educación que en desarrollar un proyecto educativo propio.
La posibilidad
de que de esta ley surjan equipos directivos que ejerzan su mandato para liderar un
proyecto educativo autónomo y compartido por la comunidad educativa del Centro, depende
en gran medida, de que en el procedimiento de selección (y posteriormente en el de
evaluación) participen de forma equilibrada los intereses de los usuarios, quienes han de
depositar su confianza en el centro matriculando a sus hijos, la administración quien ha
de comprometerse en financiar y apoyar con sus recursos el proyecto definido por el nuevo
equipo de gestión, y por último, el profesorado, sin cuya corresponsabilidad no es
posible implementar ningún proyecto educativo estable.
Un equipo
directivo, surgido del equilibrio de intereses entre los tres estamentos educativos, en
base a un proyecto de dirección claramente explicitado y evaluable, es un requisito
imprescindible para poder avanzar hacia un modelo de gestión que sirva tanto para mejorar
las condiciones de trabajo docentes como la calidad de los resultados educativos, en un
contexto competitivo en el que la escuela pública debe afirmar la validez de su propuesta
educativa.