Una reforma para apoyar al profesorado

Por Eugenio Nasarre, Presidente de la Comisión de Educación y Cutura en el Congreso de los Diputados

En un coloquio sobre problemas educativos en el que me tocó participar, quien fuera Defensor del Menor de Madrid había expuesto las actuaciones. de su institución en defensa de los escolares menores de edad para hacer valer sus derechos. Tras su intervención, una voz entre el público se alzó y preguntó: «¿No cree, Sr. Defensor del Menor, que el mejor modo de defender a los escolares es... defender y apoyar  a los profesores?». Se produjo en la sala un silencio embarazoso. La pregunta, formulada con suavidad y en la que apenas se podía percibir el reproche que encerraba, llegaba al fondo de los problemas que tiene sin resolver nuestro sistema. educativo. Porque las normas elaboradas en el pasado, sobre todo en la ley de 1990, han propiciado un marco escolar que dificulta seriamente la misión del profesorado, si entendemos ésta como la de procurar el ascenso progresivo de los conocimientos y valores de los alumnos.

La propuesta de reforma educativa en clave de calidad que la ministra Del Castillo presentó  en la Conferencia de Educación tiene ese objetivo esencial: crear un marco favorable, que ahora no existe, para que los profesores puedan ejercer con éxito la misión que la sociedad les asigna. Si las leyes en general tienen carácter instrumental, las educativas lo tienen con mayor intensidad. La entraña de la educación es la delicada relación profesor-alumno, en virtud de la cual aquél conduce al discípulo por la senda del saber, ampliando el horizonte de su mente y forjando su personalidad. Y ello requiere un clima propicio al esfuerzo y al estudio. Hablar de esfuerzo y de estudio en el ámbito educativo es tanto como hablar de oxígeno en el aire que respiramos. Es todo lo contrario de pedir la luna. 

La actual crisis de identidad de la educación secundaria obedece, en buena parte, a que se ha privado a esta crucial etapa educativa de las herramientas imprescindibles para que pueda lograr los objetivos que la sociedad le demanda. La ampliación de la edad escalar obligatoria hasta los 16 años no debe suponer una crisis definitiva de la educación secundaria con perfiles propios. El modelo comprensivo, llevado hasta sus extremos, estaba conduciendo a un callejón sin salida. La lógica del modelo exige la promoción automática, un tipo de evaluación que devalúa los conocimientos, e impartir las mismas enseñanzas para cualquier tipo de alumno, al menos hasta los 16 años. Los profesores saben sencillamente que este modelo no funciona. A lo más que puede aspirar es a lograr una alfabetización funcional del alumnado. Y sólo unas minorías se pueden salvar de este objetivo mediocre. Ni siquiera el modelo procura la igualdad de oportunadades, porque perjudica las oportunidades de muchos, precisamente a los que más necesitan de la palanca de la educación para poder realizar sus proyectos vitales y promocionarse socialmente. 

Las propuestas contenidas en el documento de bases del Ministerio de Educación van en la buena dirección. Merecen un sereno y sosegado debate, centrado en la mejora de la calidad de nuestra enseñanza. Dotan a los profesores y a los centros de las herramientas imprescindibles para que puedan desarrollar con eficacia su tarea educativa. El establecimiento de itinerarios proporciona a la educación secundaria flexibilidad que incrementa la equidad del sistema y las oportunidades a los alumnos. Porque lo esencial es que ninguno de los itinerarios debe convertirse en un callejón sin salida. El fortalecimiento institucional de los centros, reforzando su dirección y su autonomía, contribuirá a restablecer el clima favorecedor del estudio, que beneficiará a todos los alumnos. 

El profesorado debe ser el protagonista de esta reforma educativa : Sin un apoyo más decidido de toda la sociedad a su misión -un apoyo que ha de basarse en.la confianza- no podremos invertir la pendiente hacia abajo, en la que estamos y que nos preocupa a tantos. Por ello, entre otras medidas, la de recuperación del prestigioso cuerpo de Catedráticos de Instituto me parece una necesidad, que dará sentido a un concepto renovado de carrera docente. Fue una torpeza y una injusticia su supresión, que nos privó -sin beneficio alguno para nadie- de un cuerpo docente que tanta gloria dio a nuestra historia educativa. De mis tiempos de estudiante de Filosofía, recuerdo que mis mejores condiscípulos eran los que accedían a las cátedras de instituto. Ahora necesitamos poder decir lo mismo en bien del futuro de la sociedad española.