La autoridad perdida ante los
adolescentes
| SER ADULTO IMPLICA ocupar un lugar asimétrico con
hijos y alumnos, sin caer en el autoritarismo sino en la
responsabilidad |
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MARIANO NARODOWSKI - 12/06/2006
Qué hacer con los niños? ¿Cómo actuar frente a un adolescente? ¿Cómo poner
normas en épocas en que la disciplina escolar se llama convivencia?
¿Cómo prevenir, ayudar, acompañar, educar o sancionar sin ser tildados de
autócratas dictadores? Los adultos de hoy nos hallamos frente a una
encrucijada: si aceptamos las nuevas reglas de juego light, tememos por el
futuro de los más jóvenes y si pretendemos volver a las viejas épocas (a
gritar, a pegar, a amenazar, a vigilar y castigar), agitamos los fantasmas
del pasado y damos pena.
Así, las librerías pueblan sus estantes con libros sobre los hijos y
los límites y los psicólogos reciben en sus consultas a pacientes que
ya no se angustian por sus padres sino pos sus hijos. Algunos conceptos ya
son de uso popular, como el miedo a los hijos, y desde las revistas
hasta la televisión nos interrogan: "¿Es correcto que mi hijo salga el
sábado después de media noche y regrese a casa para el almuerzo del
domingo?; ¿qué hacer con el hijo adolescente si se lo encuentra
borracho?".
Hace unos años, todo era diferente. Eran tiempos de antiautoritarismo y de
experimentación acerca de las capacidades infantiles y adolescentes para
decidir sobre su propio destino en la medida de sus posibilidades
intelectuales y afectivas. Sobre la base de una divulgación poco rigurosa
de la psicología del niño, se mostraba que la inteligencia humana en las
primeras etapas de la vida no era una forma inferior respecto de la
inteligencia de los adultos, sino una modalidad específica de pensamiento
y acción, con estructuras lógicas propias de la niñez y la pubertad. La
psicología educacional postulaba que los educadores debían adaptar sus
métodos de enseñanza a estas capacidades y no forzar a los alumnos a lo
que no pudieran efectuar: se trataba de comprender y no de obligar.
La posición dominante de los medios de comunicación fue la de reeducar
la paternidad y la maternidad desde los cuidados que había que
prodigar a los recién nacidos hasta hacer del castigo corporal un anatema,
y de cualquier forma de sanción paterna una actividad necesaria pero
sospechosa de abusos y excesos. La pedagogía se preguntaba cómo
transformar el formato escolar basado en la autoridad del docente por un
formato al que todavía se denomina participativo, en el que los
niños no estuviesen atados al educador sólo por medio de relaciones de
dominio o sumisión. El objetivo era la liberación de los niños y de los
adolescentes. La vieja tradición postulaba que la relación entre adultos y
niños o jóvenes debía ser asimétrica ya que unos y otros no eran
equivalentes sino que ostentaban derechos y obligaciones muy diferentes.
Los adultos debían amar, pero sobre todo educar y proteger a los menores,
aún a costa de ser más severos que tiernos. Los más chicos estaban
obligados a amar y a respetar a los adultos y especialmente a obedecerles.
Su obediencia no debía basarse en el miedo, sino en la conveniencia: en
esa asimetría el niño o el adolescente son definidos por una carencia, por
una falta (de conocimientos, de experiencias de la vida) y el adulto por
su capacidad de resguardar, de hacerse cargo y, por lo tanto, de cuidar a
los niños.
El actual cuestionamiento a la asimetría entre adultos y niños es lo que
hace tambalear la capacidad de los adultos para hacernos cargo de ellos,
para amar, cuidar o proteger, sea con cariño, sea con severidad. Grandes y
chicos son cada vez más iguales al punto de que los grandes quieren ser
chicos (intentan tener el lenguaje, la vestimenta y -cosméticos y cirugías
mediante- la cara o el cuerpo adolescente) y los chicos ocupan el lugar de
los grandes ya que se proponen cada vez más abandonar el lugar de la
carencia: ahora saben y deciden.
Nuestra cultura ya no venera -como antaño- las arrugas, las canas y las
vueltas de la vida, sino que glorifica lo joven, lo virgen de tiempo.
Alaba a modelos quinceañeras que en pasarelas mediáticas ostentan un
cuerpo sin tiempo y demanda en el mercado laboral a expertos sin
experiencia no mayores de 25 años. Llegar a la adultez ya no es la
bendición consistente en abandonar los pantalones cortos, sino el signo
del paraíso perdido, el estigma de lo irrecuperable.
Sin embargo, no debemos caer fácilmente en las consignas que hablan de
blanduras adultas, de falta de autoridad o del miedo a los hijos.
La mentada emancipación, que a veces aparece como una conquista de
Occidente para el beneficio infanto-adolescente, nos hace sospechar de que
se trata más bien de una argucia para conseguir mayores grados de
desresponsabilización por parte de los propios adultos bajo una falsa
apariencia de independencia juvenil y en el escenario de la bulimia
tecnológica de televisores individuales, raves, móviles y
cibercafés.
No está claro si los chicos querían su liberación de nosotros, pero los
adultos igual los liberamos y, hay que decirlo sin hipocresía, de paso nos
liberamos de ellos.
Este cuadro desordenado no mejora gracias a un efecto de nostalgia de los
buenos viejos tiempos ni contribuyendo a la confusión de la pedagogía
fashion adaptándonos cándidamente a las demandas de equivalencia entre
adultos y niños. Es decir, no se trata de insistir con la ya devaluada
pérdida de autoridad de educadores y padres ni admitir graciosamente el
fin de la asimetría para resignarnos mansamente a la supuesta igualdad
entre grandes y chicos.
Reordenar el desorden es aceptar que ser adulto implica ocupar un lugar
asimétrico de cuidado y compromiso con hijos y alumnos, sin ocultarse
detrás del argumento del autoritarismo: no toda relación asimétrica es una
relación de dominio o sometimiento. También puede ser una relación de
protección y crecimiento autónomo. Se trata de comprometerse con la
capacidad de educar; es hacerse cargo del poder que se ejerce y hacerlo
responsablemente.
MARIANO NARODOWSKI, director del área de Educación
de la Universidad Torcuato Di Tella
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