ABC, 15.3.99

Violencia escolar

Por Juan Manuel DE PRADA

Comprendo que la existencia de rambitos que ametrallan a su profesor y de alevines de psicópata que torturan a sus compañeros de clase deba alarmarnos, pero no conviene elevar la anécdota al rango de categoría. Comprendo la necesidad urgente de inculcar a nuestros niños los conceptos del bien y del mal, que en la infancia son nebulosos, y de enseñarles a distinguir la borrosa frontera que los separa. Comprendo la preocupación que asalta a los sociólogos al analizar los casos de brutalidad gratuita e incesante que perturban la paz escolar, porque en el niño de hoy se agazapa el hombre de mañana, y si no logramos extirpar de su material genético la propensión a la maldad estamos favoreciendo la proliferación de adultos bravucones o belicosos o tiránicos. Pero tampoco conviene sacar las cosas de quicio y pretender que los niños sean monjitas ursulinas ni querubines amansados por el protocolo. Los niños necesitan desbravarse y liarse de vez en cuando a mamporros. El día que dejen de hacerlo habrán dimitido de su condición de niños; el día que las aulas de las escuelas no acojan las zancadillas y los escupitajos y los soplamocos de sus ocupantes, quizá hayamos conseguido formar un ejército de enanos lobotomizados, pero habremos anulado para siempre el eslabón de la infancia, que, como muy bien sabía Cocteau, era una edad terrible.

Habría que deslindar, por supuesto, el desfogamiento de la efusión criminal, pero en ningún caso escandalizarnos de que los niños solventen sus desavenencias con arañazos y patadas en la espinilla. ¿Cómo, si no, se puede determinar la validez de ese gol conseguido justo cuando sonaba el timbre que anunciaba el final del recreo?¿Cómo, si no, se pueden arreglar los contenciosos amorosos que enfrentan a dos chavales, cuando se disputan el amor de una misma chavala? ¿Cómo, si no, se decide a quién le corresponde custodiar la pelota hasta el día siguiente, en que se vuelva a improvisar otra pachanguita? Pues a sopapos y collejas, no se me ocurre otra forma. Un 27 por ciento de los niños entre doce y catorce años asegura que sufre agresiones de forma frecuente, mientras el 60 por ciento dice sufrirlas alguna vez. La única conclusión que extraigo de estos porcentajes es que subsiste un 13 por ciento de niños raritos o retraídos que jamás se enzarzan en tumultos ni se dispensan pataditas mutuas cuando pierden a las canicas o a los videojuegos. El 87 por ciento restante imitan a sus padres y abuelos: siguen regresando a casa con las rodilleras del pantalón hechas unos zorros y los codos llenos de rasponazos (¡con lo que luego farda la mercromina!) y la frente condecorada por una pequeña brecha que tiene el prestigio de un estigma de santidad.

¿Acaso no es perfectamente natural que los niños muestren en la carne los tatuajes de su efervescencia fisiológica? Les juro que yo fui un niño de los del 87 por ciento, y que hoy soy una persona pacífica y más o menos saludable, fuera del barrigón que lastra mi silueta. Recuerdo me encantaban las películas del Oeste, sobre todo si abundaban en peleas de «Saloon» y escabechinas de indios, de modo que calculo innumerable el número de asesinatos y agresiones que contemplé a través de la pequeña pantalla. Recuerdo que, cuando aún era párvulo, una monjita maravillosa llamada sor Sagrario me infligía un mojicón cada vez que me pasaba de la raya, de modo que todavía sufrí los nefandos métodos educativos de antaño. Por lo que se ve, fui un niño inmerso, activa y pasivamente, en la violencia escolar, y, sin embargo, aquí me tiene: todavía no merezco el calificativo de monstruo. ¿Lo merecerán, el día de mañana, ese 13 por ciento de niños que no se pelean en el patio de su colegio?