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¿QUIÉN SE
ACUERDA DE LA LEY MOYANO?
Felipe J. de Vicente Algueró, Presidente de la
Associació de Catedràtics d'Ensenyaments Secundaris de Catalunya (ACESC)
La Vanguardia, 11-VIII-2007
FELIPE J. DE VICENTE
ALGUERÓ - El 17 de julio de 1857 fue promulgada la ley
de Bases, autorizando al Gobierno para formar y promulgar una ley de
Instrucción Pública, que ponía los fundamentos de la educación
española y que se mantuvo vigente hasta su derogación por la ley
General de Educación de 1970. Durante más de cien años, pues, la
conocida como ley Moyano fue el marco general del sistema educativo
español, el paraguas bajo el que se acogieron diferentes planes de
estudio, el primero de los cuales se aprobó, como ley de Instrucción
Pública, en septiembre del mismo año.
Los principios generales de la educación española durante más de un
siglo, consagrados en la brevísima ley Moyano, fueron:
centralización (la educación se dirigía desde Madrid), uniformidad
(los planes de estudio serían idénticos para toda España),
estatalización (el Estado asumía el servicio público y su control,
aunque tardara muchos años en asegurar este servicio a todos los
ciudadanos) y libertad de enseñanza (capacidad de creación de
centros privados). Algunos de sus principios ya no sirven en un
Estado descentralizado como el actual.
La ley Moyano atravesó regímenes políticos bien diversos y gobiernos
no menos dispares, desde la derecha hasta la izquierda. Su larga
duración histórica se debe, sobre todo, a que fue una ley de
consenso entre moderados y progresistas (derecha e izquierda del
momento). Aunque poco queda de la ley, su espíritu sigue siendo
válido: la necesidad de consensuar las bases, los principios
fundamentales del sistema educativo. Después, cada gobierno puede
cambiar o adaptar los planes de estudio, pero respeta lo
fundamental.
Ciento cincuenta años después de la ley Moyano, lo que caracteriza
al sistema educativo español es la falta de consenso entre los
grandes partidos y entre los gobiernos y quien ha de aplicar las
leyes, el profesorado. Ni la Logse (PSOE), ni la LOCE (PP), ni ahora
la LOE (PSOE) son leyes de consenso. La falta de acuerdo convierte
las leyes educativas en transcripción legal del programa político de
un partido y las condena a incertidumbre en su futuro y a vaivenes
en su aplicación. Así, en Catalunya, el próximo curso vamos a poner
en funcionamiento la tercera gran reforma de la ESO desde que se
generalizó a mediados de los noventa. Algunas de las novedades de la
LOE no gozan del necesario consenso, como la asignatura educación
para la ciudadanía o la duración del bachillerato. De poco sirven
los continuos toques de atención del profesorado sobre los abultados
errores del sistema, pues sigue siendo el gran olvidado por los
políticos, que no lo consulta ni tan siquiera sobre los currículos
que ha de aplicar.
La educación es un gran reto social y, si ha de implicar a toda la
sociedad, las reformas educativas deben hacerse sobre la base de un
gran consenso. España sigue a la cola en las pruebas PISA y no
parece que este dato haya movilizado suficientemente a la sociedad.
Dinamarca salió también malparada en las pruebas PISA (aunque menos
que España) y este dato movió a un gran debate social y a una
reforma educativa que se ha hecho por consenso. También el acuerdo,
precedido por un importante debate social, ha presidido las reformas
recientes en otros sistemas educativos de la OCDE. Lamentablemente,
el consenso sigue ausente en España y cada partido nos viene con su
particular receta, sin que ninguna pueda curar al gran enfermo: un
sistema que deja sin salida al 30% de los estudiantes que no
consiguen ni tan sólo terminar satisfactoriamente la ESO. |