Mis queridos maestros

Evelio Moreno Chumillas. Doctor en filosofía. Catedrático de Instituto

 

Por entonces esculpió con admirable arte una estatua de níveo marfil, y le dio una belleza como ninguna mujer real pueda tener, y se enamoró de su obra”. Así inicia Ovidio en las Metamorfosis el relato del mito de Pigmalión, que es el sueño del alumno ideal esculpido por las manos hábiles del maestro, el mito sempiterno del discípulo moldeado según el canon de la perfección. Arte, belleza y amor conjugados al servicio del ideal educativo. Pigmalión evoca la utopía de la educación, el sueño del maestro escultor que, decepcionado ante la imperfección material del mundo, persigue una quimera; anhela el ideal inalcanzable de la belleza, de la verdad, del bien, y se sabe de antemano condenado al fracaso de no poder esculpirlo en marfil viviente. La versión moderna del mito ha sido recreada por Bernard Shaw en divertida comedia: con el sabido argumento de la florista Elisa Doolittle, de rudo hablar, ademanes ordinarios y humilde condición, transmutada por la magia del profesor Higgins en dechado de urbanidad, exquisita educación victoriana y buenos modales.

 

Rousseau ha ejercido un fortísimo poder de seducción (del que no me libro) sobre la pedagogía contemporánea. Pero el Emilio contiene ciertas falacias inconsistentes, como la de propugnar que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que corrompe y pervierte a tan angelical y espontánea criatura: Tout est bien sortant des mains de l’Auteur des choses, tout dégénère entre les mains de l’homme. Sea autoría de un demiurgo creador o de la madre naturaleza, no es verdad que la entelequia del hombre natural aventaje en bondad y saber al hombre civilizado. No es verdad que la paz y la libertad hayan sido el oxígeno y el nitrógeno que el buen salvaje respirara, y que la sociedad haya venido a enrarecer la atmósfera de la bondad con la manzana de la discordia, con el invento de la guerra y de la propiedad privada, con la institución educativa. Ni es verdad que la denostada civilización empeore moralmente al hombre con el señuelo del progreso tecnológico. Así, el más bello tratado de pedagogía de todos los tiempos comienza y se desarrolla en torno a un sofisma tan erróneo como celebrado.

 

En las antípodas del Emilio, Thomas Hobbes tenía una noción pesimista de la naturaleza humana: pensaba el estado natural como un “polemos” constante y universal (Bellum omnium contra omnes), que el Estado vino a solventar. Siendo el hombre, por naturaleza, un ser ladino, egoísta  y perverso (Homo homini lupus), el poder del Estado Leviatán representa una póliza de seguro de vida y paz, una garantía frente al riesgo de vivir (morir) en estado natural. Así, ambos filósofos trazan dos vectores educativos distintos: la pedagogía de inspiración rousseauniana enaltece la libertad en detrimento de la propia función educativa (que inevitablemente tiende a sofocar la espontaneidad natural) y desemboca en un espejismo, el modelo permisivo de la escuela-paraíso de Summerhill.  La educación de índole hobbesiana resalta, por el contrario, la necesidad de civilizar al hombre natural, adaptándolo mediante las normas y el esfuerzo a la convivencia social. Y sin embargo, lo cierto es que el hombre es bueno y malo a la vez, egoísta y altruista a la vez; ser adolescente en continuo estado de insatisfacción, que cojea y flaquea y titubea, que ora tiende al bien ora al mal, a la sociabilidad y a la insociabilidad (al decir de Kant); animal muy interesante (Rousseau) y más interesado (Hobbes), que necesita ser educado para vivir en la polis, para acallar los rugidos del Inconsciente, domesticar el ego infantil y superar la minoridad mental. Esa es la legitimidad de Pigmalión empeñado en esculpir el perfecto modelo humano, ésa la meta y la metáfora del profesor que aspira a convertir a una vulgar florista en crisálida de virtudes y belleza... ése es el poder de la educación; ése es el milagro: el milagro de Anne Sullivan, otro de los mitos cultivados de la pedagogía postmoderna que omite, sin embargo, que el prodigio fue posible porque la exigente preceptora marcó los límites “ab initio”: propinando a la muy consentida Hellen Keller una sonora y espléndida bofetada, señal del hasta aquí hemos llegado, freno eficaz de todos los caprichos.

 

El Instituto “Lluís de Peguera”, de Manresa, fue inaugurado por Alfonso XIII en 1927 y tiene, por tanto, una larga y fecunda historia de ochenta años. Ha impartido docencia en repúblicas y en monarquías, en dictaduras y democracias, en paces y guerras. En 1938 sirvió de hospital para atender heridos del frente, mientras sus alumnos ocupaban improvisadas aulas en la “Cova” de San Ignacio, de la ciudad. Más de ochocientos profesores jalonan los ochenta años de historia del Centro, que durante mucho tiempo fue la primera institución educativa de la Cataluña central. Más de 800 profesores han esparcido sus conocimientos en las aulas –hoy como ayer– vetustas del Peguera. Sus voces han resonado en los pasillos, confundidas con las voces atipladas de los alumnos; sus dedos han llenado una y mil veces de tiza las pizarras; sus explicaciones han abierto las puertas del saber a las mentes bien dispuestas; sus notas han llenado de dicha o disgusto muchas vacaciones estivales. Sus nombres ilustran el simbólico libro de oro del Instituto. Es la historia interminable del profesor, ensalzado o denostado, héroe o villano, elogiado o vilipendiado. Siempre en entredicho y siempre expuesto al mote más cruel y atinado. Es el río del tiempo, la noria sinfín de las generaciones, sometidas a los influjos del maldito profesor y el profesor bendito.

 

¿Cómo no recordar aquí a los catedráticos de antaño? Algunos dedicaron toda su vida profesional a la formación de la juventud manresana y sus lecciones magistrales aún nutren hoy el imaginario colectivo de diversas generaciones de ciudadanos del Bages. Me arriesgaré a dar una docena de nombres (y, en consecuencia, a recibir las críticas por algún olvido imperdonable). Son los catedráticos que despertaron vocaciones y crearon escuela, que ejercieron funciones directivas, mairenas y pigmaliones que dieron categoría al Instituto y una imagen de marca a la ciudad: las siluetas inconfundibles de los señores Antoni Llort, Rufo Crespo y Alejandro Lansac; Valentí Masachs, Mn. Doménech y Fernando Hurtado; Jacint Rosal y Ignasi Bajona; Josep Vergés y Josep Pla; Ginesa Jódar y Josep Balaguer... impregnan de respeto ese aire con inequívoco olor a tiza y feromonas de los pasillos. Sus estampas redivivas (animula vagula, blandula) confieren un invisible toque de dignidad, un aura de prestigio a paredes y tarimas, y habitan con discreción la parte noble (todavía en pie) del edificio, la sala de actos, la biblioteca y las escaleras de mármol. Si alguien me reprocha estar hablando de un Instituto que ya no existe, bastaríale con repasar la composición de los claustros de todos los centros docentes de la ciudad; o con mirar más cerca todavía: quizá en su propia casa, donde sus padres y abuelos tendrán algo que decir al respecto. Siempre ha sido el Peguera un Instituto plural, abierto ayer a todas las condiciones sociales y hoy a todas las razas y culturas. Y no tiene su dilatada tradición docente nada que envidiar a los más reconocidos institutos de capitales de provincia ni, pongamos por caso, al instituto rural de la Soria de Machado; ni a la antigua Escuela de Minas (hoy EPSEM) que fue en su origen una célula realquilada de este singular y maltrecho edificio.

 

Es función del maestro, compartida con toda la sociedad, educar a los jóvenes; y es su tarea específica enseñar los conocimientos significativos, transmitir los saberes y deberes de una a otra generación, contribuyendo de ese modo al progreso moral, humanístico y científico de la sociedad. Ardua tarea, donde las haya. Aristóteles estableció en su Metafísica que “el ser se dice de muchas maneras”: cabe colegir que también la verdad se predica de muchas maneras, especialmente en un mundo marcado por el pluralismo y el relativismo cultural. En este contexto, la tarea primera consiste en intentar descubrir, des-velar la verdad (aletheia, quitar el velo) para después revelarla a los alumnos. Pero ese cometido supera con creces la competencia del profesor, y hasta deviene paradójico cuando al maestro se le pide y exige que transmita a los jóvenes los nobles valores que la propia sociedad desecha, los importantes conocimientos que gran parte de la ciudadanía parece despreciar, como inútiles u obsoletos. Acaso radique aquí una de las causas de las manidas depresiones docentes. ¿Qué debe hacer el maestro, obligado a enseñar lo que la moda relativiza, o aquello cuya utilidad está en entredicho? El profesor sobre la tarima ha de mostrarse dogmático sin serlo, como sabiendo lo que dice, ante la avidez o la indiferencia (cuando no hostilidad) por aprender de los alumnos; y sin embargo él, también tiene derecho a la duda... Entonces, entre la moral kantiana del deber cumplido y la paranoia derivada del sinsentido docente, cabe una tercera posibilidad: recordar el dicterio de Séneca de que “los hombres, enseñando, aprenden” (Homines, dum docent, discunt) y seguir las advertencias de Wittgenstein en las últimas líneas del Tractatus lógico-philosophicus: “Los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida, después de mucho dudar, no saben decir en qué consiste ese sentido ... Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo: que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido... Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido. Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo... De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

Ardua e ingrata tarea la del profesor, actor cotidiano del teatro del absurdo, abocado de antemano al fracaso; condenado a reproducir ad infinitum el curso de las lecciones sinfín, cual alumno torpe y terco que repitiera por enésima vez el bachillerato. “Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales”. Sísifo es el héroe trágico que, según relato homérico recreado por Camus, desafió como Prometeo el poder de los dioses, encadenó a la Muerte y vivió la vida con pasión. Pero los dioses, que siempre castigan de modo ejemplar la osadía humana, lo condenaron a la ingrata y absurda tarea de trabajar sin descanso para no acabar nada. Como Sísifo, también el profesor semeja un trabajador tan denodado como inútil: carga cada año sobre sus hombros el pedrusco pesado de la responsabilidad, lo levanta con esfuerzo unos cuantos metros y, cuando columbra la cumbre, el fardo cae rodando pendiente abajo: el próximo curso deberá intentar la misma tarea, con abnegación, sin desmayo. Ese bajar de la cumbre al Hades, donde le espera la misma roca, con paso cansino pero con decisión firme, rememora el regreso a la caverna platónica del esclavo liberado: hay que rescatar a los humanos de las tinieblas, a riesgo de no ser comprendido. Su roca es su alumno, que debe seguir progresando en el itinerario del saber, y saberse él condenado a no alcanzar la cima, a descender cada vez para volver a empujar con ahínco la piedra donde los sueños gimen, en pos de una meta ansiada y burlona.

 

Mis queridos maestros, hermanos de la luz del alba. Con todos tengo contraída una deuda de gratitud que hoy quiero empezar a saldar. Piqueras del Castillo es un pueblo pobre de la España pobre, al norte de La Mancha conquense, azotado por el jinete emigratorio de los ’60, y hoy despoblado y más que envejecido. En su escuela nos sentábamos en filas de a dos, niños yunteros, carne de yugo nacidos, críos con mocos, roña y sabañones, uncidos al doble pupitre de doble tintero, como los arres se uncían al yugo de labranza para compartir y duplicar la eficacia del esfuerzo. Aprendí a leer, escribir y hacer cuentas con doña Amelia, don José y mi homónimo don Evelio. De monaguillo, en la sacristía del pueblo el párroco me conminaba a afrontar un futuro cierto: “o cura, o pastor”. Por fortuna tan fatal encrucijada dejaba abierta la puerta a una tercera vía, la de profesor de filosofía... Después vino la época del seminario, en los monasterios conquense de Uclés y burgalés de El Espino, donde los curas me inculcaron más el amor divino que el amor humano, más latín que gimnasia y más Mozart que Bach. Allí aprendí la exacta normativa de la sintaxis latina, más perenne que las piedras de acueductos y anfiteatros, porque se graba a fuego en el entendimiento y traza las coordenadas del raciocinio lógico. Las Coplas de Jorge Manrique, el Cántico de San Juan de la Cruz, La vida es sueño de Calderón, el Llanto... de Federico, las Coplas mundanas y La tierra de Alvargonzález de Antonio Machado se posaron en el espino del club de mis poetas muertos. También he tenido maestros excelentes en la Universidad de Barcelona, cuyas enseñanzas he intentado aprovechar: Valverde, Lledó, Granada, Bermudo... con quien mantengo asiduas colaboraciones y comparto inquietudes intelectuales. Y buenos maestros tuve en el Pérez Galdós de Las Palmas, en la antigua Escuela de Maestría y en el Peguera donde ejerzo, cuyos nombres omito porque algunos son hoy compañeros de afanes y de días.

 

¡Qué bella palabra, maestro, magíster, y qué desprestigiada anda en su uso social! Ni docentes ni enseñantes, ni educadores ni monsergas. Los de la enseñanza media preferimos ser llamados profesores, aunque curiosamente la etimología de este vocablo se hunde en una raíz más religiosa, como propia de alguien que profesa una fe y que adoctrina más que enseña. Ay, la constante intención de convertir el aula en un casal de adoctrinamiento ideológico... no sé; a veces pienso que la FEN –explícita o transversal– es la materia más importante de todo sistema educativo, y el sueño –descarado o simulado– de cualquier gobernante. Al amparo de la Institución Libre de Enseñanza, muchos maestros de acento orteguiano desempeñaron un relevante papel en la república. Y a contracorriente del sistema, miles de maestros mantuvieron alta la cabeza y la dignidad en los lustros del queso amarillo y la leche americana. Hubo maestros (es un decir) surgidos de las recias filas marciales de las escuadras del régimen. Y hubo muchos más que empeñaron su vida y desempeñaron su magisterio en las destartaladas escuelas rurales de España, sospechosos ateos (cantaba Patxi Andión) en el catecismo del cura, anarquistas para el cabo y comunistas para el alcalde.  

 

He tenido otros maestros, no por intangibles e invisibles menos eficaces. Son los filósofos, en cuyas obras he abrevado mi sed de saber. Los libros. “Non omnis moriar”, sentenció Horacio parangonando el carácter efímero y endeble de los acueductos, pilares de la tierra, a la perenne solidez de sus Odas. No moriré del todo, claman los libros silentes en los anaqueles de las bibliotecas. No moriré del todo, piensa para sí el maestro en la hora ansiada y temida de la jubilación, confiando habitar un rincón del desván en la memoria de algún alumno predilecto. Desde la tarima de la Academia (la matrícula es gratis), Sócrates –el auténtico maestro– se muestra más fascinado por las preguntas que por las respuestas; Platón me presta las alas del pensamiento abstracto, que Aristóteles somete al canon de la lógica; el labrador de los “paterna rura” que yo estaba destinado a ser comparte con Séneca la visión (brevis, sed satis) de la vida. Erasmo y Montaigne, Descartes y Hume me enseñan a pensar y a dudar; a Kant le debo el sentido del deber moral y las preguntas trascendentales que martillean la razón; a Bertrand Russell, unas justas dosis de sentido común. Nadie como Nietzsche me ha ayudado a comprender la crisis radical de nuestro siglo. Y nadie como Wittgenstein ha hilvanado con el huso lúdico del lenguaje mi madeja mental.

 

¡Pange lingua la memoria de mis maestros! La lengua de las mariposas. Don Gregorio en la tarima, un humilde maestrescuela rural que tenía la virtud de despertar la curiosidad de sus alumnos con cualquier pretexto: los estambres del lirio, los cristales de nieve o la habilidad espiral de la lengua de las mariposas. Fernán Gómez encarna en la película al profesor republicano del cuento de Manuel Rivas, amigo de la libertad y la naturaleza, honrado a carta cabal. Y Moncho el Gorrión, al niño vivaracho de humilde condición, ávido de aprender, que al final se ve arrastrado por la lengua espiral del odio y la cobardía cainita. Don Gregorio es el símbolo del espíritu ilustrado y la integridad sin tacha del maestro. Y es que, en dictadura o en democracia, nunca estamos a salvo los profesores de las injerencias de los poderes de turno, alquimistas que pretenden convertir las aulas en alambiques de destilación ideológica, graneros de futuros votantes; esta presión se hace ostensible en los planes de estudio, en los libros de texto y hasta en el sistema de selección y promoción del profesorado. La democracia es más sutil, no exilia ni encarcela; pero posterga y margina y, sobre todo, premia y reparte cargos de responsabilidad sin más criterios objetivos que la afinidad de un carnet. No es un proceder edificante. Me quedo con el de Don Gregorio o, mejor aún, con el estoico “decíamos ayer” (dicebamus heri) de Fray Luis, en el momento solemne de su reincorporación a la cátedra de teología eclesiástica de Salamanca (1576), tras luengos años de cárcel donde la envidia y mentira lo tuvieron encerrado por salvar su independencia de criterio.  

 

Cuando regreso a la arcadia infantil, a la sombra de la secular torre impertérrita que preside el pueblo, sueño todavía con hallar en la gatera de algún corral mis zancos y mi trompo, mi rulo y el gomero con el que nunca maté un oncejo. Mi primer día de escuela doña Amelia me recomendó añadir, tras mi nombre, el manido “para servir a Dios y a usted”. Mas por lo visto, mi dignidad debió sentirse ofendida cuando respondí, con inocente desparpajo infantil, que “Yo no soy pa servir”. Algo debía haber oído a la sazón, referente a las chicas que se iban “a servir”, a la capital. Yo era lo más parecido a Moncho Gorrión en los años cincuenta; y si a renglón seguido no “me meé patabajo” fue porque la mirada dulce y maternal de la maestra no inspiraba el temor y temblor de la mirada de don Gregorio. Y sin embargo doña Amelia tenía razón. Con el tiempo he comprendido que los profesores estamos para servir. No ya en el sentido laxo y tópico de que todos los ciudadanos hemos de servir a la sociedad, y menos aún en el de servir unas consignas políticas. Porque enseñar es servir, estamos para servir la causa del amor al estudio; para empujar hacia la cima todos los pedruscos de la incomprensión, de la manipulación, de la ignorancia.

 

Y acabo este mi tedeum al profesor con un colofón áureo, un soneto de Valverde que describe fielmente la atmósfera de una clase de filosofía, extrapolable a las demás asignaturas. En reconocimiento a todos mis maestros; en homenaje al profesor anónimo, al anodino funcionario sin atributos que cruza media docena de veces cada día la puerta del aula, esperando un atisbo de interés, un tenue haz de luz divina. Al maestro de hoy y de siempre, a aquel que “se nos fue por una senda clara, (pidiéndonos) un duelo de labores y esperanzas...” Este seductor maestro machadiano, Valverde, preclaro arquitecto de las palabras y de las ideas, que vienen a ser la misma cosa, sí entendió bien el mensaje de silencio de Wittgenstein, que recreó a su manera en el último verso.  

 

José María Valverde, HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

 

Entro en el aula; empiezo a hablar a un ciento

de caras mal despiertas: por un rato

sobre sus vidas, rígido, desato,

cumpliendo mi deber, el frío viento

del Ser y de la Nada, de la Idea

y la Cosa; la horrible perspectiva

de vértigo que se ha hecho inofensiva,

espectáculo gris, vieja tarea.

Si alguno, casi inquieto, se remueve,

los más sueñan, o apuntan, o hacen ruido.

Pero basta: es la hora ya. De nueve

a diez vieron el Ser, ese aguafiestas;

prosigan su vivir interrumpido.

Yo vuelvo a mi silencio sin respuestas.

 

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Seminario de Filosofía Política de la U.B.

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