La Ley Orgánica de Educación

La presentación de los principios básicos de la Ley de Orgánica de Educación ­que afectará a los niveles de enseñanza no universitarios desde la Educación Infantil hasta la Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional­ por parte del Gobierno central con el objeto de iniciar la tramitación parlamentaria este otoño ya ha vuelto a despertar las inquietudes de la patronal de centros religiosos, de la jerarquía eclesiástica y, naturalmente, del PP, siempre dispuestos a apuntarse a todos los bombardeos necesarios para desgastar a esa conspiración universal de ateos,   terroristas, laicos y progresistas que están construyendo el infierno en la tierra   y  contribuyendo a  la disolución de este país.

Sin embargo, la simplificación y el tremendismo de empresarios, obispos y dirigentes conservadores no se
corresponde, en absoluto, con la realidad y en nada justifican las movilizaciones anunciadas por estos descubridores de las pancartas y los derechos de manisfestación que vienen confundiendo sistemáticamente sus creencias ­que no opiniones susceptibles de intercambiarse en un debate abierto y verdaderamente democrático­ con una variante de la Ley Natural o del dogma católico que todos, al margen de la religión que profesen o no, deben aceptar y cumplir.

Porque, resulta evidente ­y parafraseando a alguno de sus más insignes rerpesentantes­, que bajo el envoltorio de una supuesta defensa del interés general y de la libertad de enseñanza volvemos a encontrarnos, como ya ocurriera a proposito de la LODE ­o del divorcio y  el matrimonio homosexual, el principio del fin del mundo o del pecado masivo­, con una cortina de humo emocional para ocultar las auténticas razones ideológicas y económicas que
explican esta oposición desaforada y callejera para seguir, de forma cruda y pura, disfrutando de sus posiciones de poder y del control sin límites sobre las conciencias de la población.

Y es que la prudencia con que viene siendo tratada la cuestión religiosa y educativa en este país parece, por contra,  que no hace más que multiplicar los sentimientos apocalípticos de quienes, en el fondo, han concebido la educación como un negocio económico y un sistema de adoctrinamiento ­amén de un instrumento básico de discriminación social para la formación de élites, la creación de guetos y el rechazo a la multiculturalidad y la integración de las minorías­ que niega las libertades elementales, el pluralismo y la autonomía de pensamiento entre los alumnos afectados, refuerza el sentido patrimonial y hereditario de sus padres ­los hijos como mercancía o propiedad­, y
recrea y proyecta dogmas o valores incompatibles con los principios constitucionales o la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos tal como lo refleja el propio Concordato en relación a los privilegios que le otorga a la Iglesia en materia de financiación pública del clero, de las exenciones fiscales o la conservación de su
Patrimonio, de las arbitrarias relaciones laborales con sus contratados docentes, o de la excepcional situación de la propia asignatura de Religión en los Planes de Estudio; por no hablar de las profundas contradicciones del portavoz de la Conferencia Episcopal que al anunciar su público apoyo a las movilizaciones y manfestaciones de la Confederación Católica de Padres de Familia y  del PP por lo que considera un ataque a los derechos fundamentales de la las personas por parte de la LOE y el Gobierno de la nación, olvida los que la Iglesia
ignora al discriminar a la mujer en el acceso al sacerdocio, al reforzar el carácter jerárquico y autoritario de una institución que rechaza la participación democrática de sus miembros en la gestión interna, el control de su patrimonio  o  la toma de decisiones, y al seguir manteniendo una concepción completamente atrabiliaria y   paranoica sobre la sexualidad que pretende imponer al resto de la sociedad a través de la prohibición de los anticonceptivos o la paternidad y maternidad irresponsables, entre otros ³ataques a derechos fundamentales² y sin entrar en mayores consideraciones teológicas.
  
Todo esto, desde luego, no debería enturbiar ni distraer el debate en profundidad de la LOE, la LOCE y  la  LOGSE en cuanto a su oportunidad y contenidos (dejando, incluso, a un lado los propios excesos de incluir la
asignatura confesional como obligatoria y evaluable ­cuando ni siquiera el propio Concordato ni todos estos 27 años transcurridos desde la aprobación de la Constitución lo habían admitido­ o la necesidad de que la Iglesia
creara sus propias catequesis) para corregir las causas del fracaso escolar, elevar la calidad de la enseñanza,  mejorar las condiciones laborales del profesorado y su actualización científica y didáctica, estimular la participación de la comunidad educativa y la cooordinación entre todas las Administraciones Públicas, faciltar la integración social y laboral, potenciar los gabinetes y programas psicopedagógicos y de orientación profesional, racionalizar los curriculums con la disminución del número de asignaturas, precisar los mecanismos de  repetición de curso y los
criterios de evaluación colectiva final de las Juntas de profesores al menos en Primaria y Secundaria, disminuir las ratios profesor/alumno, generalizar el uso de nuevas tecnologías, establecer mecanismos de evaluación internos y
externos que permitan las correcciones o readaptaciones necesarias, reforzar la atención a la diversidad y las
tutorías personalizadas, extender el uso y apertura de los centros e instalaciones escolares fuera de los horarios
lectivos con la organización de actividades complementarias o de refuerzo, ampliar la oferta de Bachilleratos y ramas o módulos de Formación Profesional, garantizar la cobertura de programas suficientes de Garantía
Social, avanzar progresivamente en la gratuidad de los libros de texto...,entre otros objetivos.

La LOE , no obstante, necesita de definiciones más concretas en materia de financiación y distribución del coste de su aplicación entre las CC.AA. y el Gobierno central; del establecimiento preciso de los contenidos mínimos que han de impartirse en el conjunto del país y que ha de moverse en un 45-65% según la naturaleza de cada Comunidad, tal como ha venido haciéndose; de restablecer el calendario de septiembre para las convocatorias
extraordinarias por elemental razón pedagógica; de definir con claridad la carrera docente o las funciones de los departamentos y tutorías, incluida la revalorización económica y el rechazo al igualitarismo o la polivalencia docente; de posibilitar la introducción de desdobles en más asignaturas y extender las secciones bilingües; de incorporar, de
forma más sistemática y generalizada ­compartiendo incluso sus contenidos con las asignaturas tradicionales de lengua y literatura­, tecnologías y disciplinas de comunicación audiovisual e informática; de elaborar reglamentos de régimen interno y disciplinarios claros y operativos para los deberes y derechos de los alumnos y la competencia
de los profesores o las direcciones de los centros en la materia;  de obligar a diseños ecológicos y sostenibles de los
edificios e instalaciones escolares; o de ir considerando la creación de gimnasios específicos o salones de actos polivalentes que sean algo más que espacios desnudos o habitaciones con sillas.

Por último, la LOE ha de consagrar, en respuesta al autoritarismo que la LOCE del PP intentó aplicar, la democratización y participación directa de la comunidad educativa en la elección de director y  la gestión cotidiana;
un sistema de becas y ayudas suficientemente generoso y justo ante los abusos y fraudes fiscales  que puedan cometerse; la estrecha coordinación con los gobiernos locales para afrontar los conflictos sociofamiliares subyacentes en muchos alumnos; y  un reforzamiento de la educación en valores ­la paz, la solidaridad, la democracia, la salud, el respeto al medio ambiente, la igualdad, la sexualidad responsable...­ como objetivo final e imprescindible de un modelo educativo digno de la sociedad del siglo XXI.

Emilio Carrera.
Catedrático de Geografía e Historia en el IES Valle del
Saja. Cabezón
de la Sal (Cantabria)