Educación a la americana
EDUARDO ALONSO
Levante, 19/11/2005
Hace quince años algunos papás
enviaban a su hijo Borjamari a estudiar COU a Estados Unidos y el mozalbete volvía en
junio con la moral por las nubes. ¿Un curso en una pequeña ciudad de la América
profunda? Aquello era jauja: la familia americana (que no le hacía ni caso), las chicas
(tan distintas a las de aquí), los parties, los centros comerciales (qué pasada, tío),
las zapatillas deportivas, las motos, los incontables canales de televisión y hasta los
sandwiches con abundante pringue de ketchup. Lo único que echaba de menos era la paellita
del domingo en el chalé.
La experiencia escolar del chico era impagable. Bueno, se pagaba (un milloncete, de
pesetas, claro), pero volvía con otra mentalidad, buen dominio del inglés americano
(hartos ya de la oxfordiana pronounciation a lo Conejero) y la autoestima a tope, tras ser
aceptado en el colegio americano como el rey del mambo. Aquí el chico pertenecía a la
tribu urbana de los pijos y pese a su desparpajo siempre arrastraba dos o tres asignaturas
para setiembre, pero, ¡amigo!, allá era un hacha, sacaba sobresaliente en todo, un
Einstein en ciernes. España, que ya admiraba la belleza de la arruga y la riqueza del
pelotazo (era el mejor país para hacerse rico por la vía rápida, según el ministro de
Hacienda, un tal Solchaga), necesitaba buenos borjamaris para un mundo global. Y con el
fin de no truncar su porvenir académico, el ministerio les hacía un examen especial de
selectividad.
Nuestro estudiante alucinaba con el nivel de enseñanza en EE UU, donde los bachilleres no
sabían hacer la regla de tres, ni quién era Calígula o Descartes, y andaban tan peces
en geografía que a nuestro compatriota le preguntaban sin malicia si Spain era un país
africano. (Esto, ahora, dejémoslo estar.) En suma, que aquel estudiante avant la Logse
podía fardar de cultura por el ancho mundo. (Fardar, verbo pijo.) Desconcertaba algo a
Borjamari el patrioterismo en las escuelas, con las banderitas, los himnos y la
veneración de la Constitución americana. ¡Y negaban las teorías evolucionistas de
Darwin...! Pero la enseñanza allí tenía mayores atractivos y no era tan traumática
como la de aquí. Y, además, allí tenían montones de psicólogos, gimnasios calentitos,
asignaturas optativas sobre banalidades, marjorettes, clases de conducir... Y los
profesores, una pasada, tío, sabrían menos, pero eran más enrollados y estaban todos
motivados para motivar. Sólo un lunar: que en los suburbios más duros había
pandilleros, fracaso escolar de emigrantes, víctimas del racismo y alumnos que iban a
clase con revólver. Pero eran los pecios de una sociedad próspera y dinámica.
En España vivimos hoy más a la americana que hace quince años. Basta ver nuestros
cuerpos obesos, la persecución del fumador, la hipoteca de por vida, los centros
comerciales, la cultura como espectáculo o la misma televisión, donde la noticia es el
presentador o el intrépido reportero que en el ojo del huracán Katrina o de la gota
fría en Castellón informa en vivo con el agua al cuello. ¿Y hay diferencia en las aulas
de quinceañeros? Es cierto que en los institutos no ondean las banderas patrióticas, y
que no se repudia a Darwin, y que todavía no es obligatorio empollar de memoria el
Estatuto autonómico. Pero ¿no vamos a una sociedad cada vez más desigual? Sin embargo,
no hay que alarmarse si nuestros estudiantes no saben leer y las estadísticas nos sitúan
a la cola de Europa, con Malta, en las antípodas de Finlandia. ¿Acaso es Torrevieja un
espejo donde Cuba se mira y Finlandia un modelo a imitar? Los finlandeses son gente fría
y muy ecológica, y con tecnología punta en teléfonos, pero no saben vivir, o sea, les
falta marcha, y alegría. Estaremos a la cola de Europa, vale, pero, en educación ya
estamos al nivel de los EE UU (si aquellos tópicos eran ciertos), y ¿quiénes son los
amos del mundo, eh?
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