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Encaminándonos hacia un
Bachillerato líquido
El borrador del Real Decreto por el
que, desarrollando la LOE, se establece la estructura del
Bachillerato presenta pocas novedades respecto a lo legislado por la
LOGSE y por la LOCE, leyes que no supieron aportar la auténtica
renovación de los estudios postoblogatorios fijando una ESO acabada
a los quince años, de forma que, dentro de la edad de escolarización
obligatoria, se iniciaran los estudios de un Bachillerato de tres
cursos y de unos Ciclos Medios o unos PCPI de dos. Dado que el
capítulo IV de la LOE establecía que el Bachillerato “se
organizará de modo flexible”, art. 32.3, el borrador ofrece
algunas fórmulas de ello, como la posibilidad de cursar alguna
materia a distancia o en otro centro (art. 5.6), de que una de las
seis materias de modalidad sea de otra modalidad (art. 7.5) o de que
una materia optativa lo pueda ser una de modalidad (art. 8.2). La
“flexibilidades“ más notorias se encuentran, sin embargo, en el
artículo 13.4, donde se establece que “quienes no promocionen
deberán permanecer un año más en el primer curso, que deberán cursar
de nuevo en su totalidad si el número de materias con evaluación
negativa es superior al 45% de las que integran el curso. En caso
contrario deberán matricularse de las materias de primero con
evaluación negativa y completar dicha matrícula con materias de
segundo en los términos que determinen las administraciones
educativas”. La primera presenta la novedad de repetir primero
cursando solamente las tres, cuatro (o cinco) materias suspendidas;
la segunda, la de poder cursar en primero materias de segundo. Este
artículo 13 se ha convertido en la gran esperanza, para el MEC y
otras entidades, de mejora de resultados escolares, y,
simultáneamente, para muchos profesores, fuerzas políticas y
sindicales, en la puerta abierta a la descomposición de la
secundaria superior.
Dos criterios básicos se manejan
para valorar cualquier novedad legislativa: uno, esperar a la
aplicación de lo legislado y proceder entonces a la valoración de
sus resultados prácticos, y, dos, desde el conocimiento experto y la
analogía realizar un ejercicio de simulación mental, prever los
resultados y, de acuerdo con ellos, mantener, modificar o retirar la
novedad. Aparte de posibles combinaciones de uno y otro, no parece
aventurado afirmar que, grosso modo, el primer criterio es el
preferido ahora por los partidarios del artículo 13, mientras que el
segundo lo es por buena parte de sus detractores.
Personalmente, siempre que puedo,
opto por prever los resultados, con una composición de lugar de la
aplicación de una medida y sus efectos, y en este caso me planteo la
situación de centros, alumnos y profesores a mediados del curso
2009-2010, cuando ya se podría estar aplicando dicho artículo. Por
razones de claridad y aceptando siempre la existencia de buenas
intenciones en todos los bandos, expondré lo que para entonces
preveo en cuatro aspectos: a) psicología del aprendizaje; b)
organización de los centros; c) efectos sobre el profesorado, y d)
viabilidad legal.
Respecto a la psicología del
aprendizaje, la propuesta flexible puede plantearse o como ejercicio
de responsabilidad del alumnado –debe hacerse cargo y compensar el
olvido de las materias durante el año que no las curse y debe
trazarse un currículo específico-, o como ausencia de la misma –el
alumno no debe esforzar por aprobar todo o casi, no debe enfrentarse
a la repetición de todo. Recordando la reciente experiencia catalana
de los alumnos que intercalaban seis o nueve meses sin cursar una
materia y que siempre andaban recomenzando, creo que la propuesta
provocará la bajada de tensión psicológica respecto a los resultados
de su esfuerzo o la ausencia del mismo, en una etapa voluntaria pero
necesitada de dedicación profesional por razones de responsabilidad
personal, familiar y social tras fuertes inversiones en
oportunidades formativas. Una bajada de tensión que será contagiosa,
por lo que en los centros que apliquen la norma habrá una
sobreabundancia de alumnos que ya a mediados de primero empezarán a
abandonar varias materias, amparados en la escasa repercusión
administrativa de sus actos. Las razones del abandono serán
variadas: incapacidad académica tras una ESO superada sin auténtica
preparación, déficit de madurez y aguante ante las dificultades,
falta de empatía con determinados profesores, real o supuesta
incapacidad para materias concretas, ejemplo de compañeros o amigos.
Efecto de desmotivación y desmoralización, pues, que no se verá
compensado por los efectos positivos de algunos alumnos salvados del
abandono y a los que los centros deberían ofrecer otras fórmulas de
recuperación.
Rasgos psicológicos de la
transformación de la enseñanza iniciada con la LOGSE son la
infantilización progresiva de las mentalidades de los alumnos y la
prolongación del período de la irresponsabilidad tanto en el ámbito
privado de las familias como en el público de los centros, rasgos
que han ido del brazo de la primarización curricular y metodológica.
Los alumnos llegan así al Bachillerato con deficiencias de
maduración, ante lo cual caben dos líneas de actuación: que hagan un
esfuerzo personal y colectivo hacia la madurez y la responsabilidad
con la ayuda de normas externas un poco más estrictas, o que
renuncien al esfuerzo dada su incapacidad psicológica y reciban todo
tipo de facilidades y plazos para ir tirando sin responsabilidad.
Curiosamente, el MEC, con una aplicación preventiva del sistema
inmunológico psicológico, intenta justificar este déficit de
responsabilidad presentándolo como ejercicio de responsabilidad de
los alumnos, a la manera de los universitarios, sin tener en cuenta
la diferencia de edad, madurez y circunstancias de unos y otros.
La organización de los centros se
verá afectada hasta su bloqueo. Por un lado, dada la casuística de
materias suspendidas de primero y diferentes opciones de continuidad
en segundo y después en tercero, resultará inexistente la viabilidad
de unos horarios que garanticen a todos los alumnos todas las clases
en todas sus materias (cabe decir que en nocturno se funciona con
bloques cerrados y, además, se tienen menos materias, con lo que la
combinatoria es abiertamente menor; asimismo, los centros que en
Cataluña experimentaron un Bachillerato en tres años lo hicieron con
bloques bastante fijos y, sobre todo, eran centros que llevan años
funcionando con una estructura radicalmente diferente, la denominada
de “agrupaciones flexibles”, que ha creado en ellos una tradición
organizativa positiva pero imposible de trasladar a la generalidad
de los centros). Por otro lado, las posibilidades de control
efectivo de la asistencia a clase se reducen a la mínima expresión.
En todo caso, ambos factores generarán un ambiente de descontrol y
descoordinación, de zombis bachillerescos que aparecen y desaparecen
por las tumbas y cementerios (aulas y pasillos) sin objeto claro,
sin esfuerzo y sin sangre en sus venas, mariposeando de flor en
flor, olvidando lo aprendido, contagiando su desánimo,
imposibilitando su control de asistencia, trabajando sin regularidad
ni ritmo.
Estas medidas de flexibilidad se
aplicarán mucho en los IES –y se hundirán-; apenas nada en los
centros concertados –y se verán reforzados-; y nada en los privados.
Los alumnos que de la concertada pasaban a los IES al finalizar la
ESO dejarán ya de hacerlo. La propuesta del MEC es un torpedo
directo a la línea de flotación de los centros públicos.
El profesorado, al que ya le
cambiaron su profesión en la ESO, le cambiarán la profesión también
en el Bachillerato. Con la nueva bajada de niveles, quedará sin
sentido su preparación de especialista; con los alumnos
intermitentes, perderá la acción del grupo clase estable, y, con los
resultados académicos y organizativos previsibles, se incrementará
su desmoralización.
La viabilidad legal de las
propuestas merece una reflexión. Resulta legal que el MEC establezca
que no se repita todo el curso aunque se hayan suspendido más de dos
materias: no hay norma superior vigente que imponga la repetición
total. Es cierto que la LGE, la LOGSE y la LOCE, en su cuerpo o en
sus desarrollos, imponían esa obligación y que, pedagógicamente, lo
nuevo es una medida muy criticable. Sin embargo, es legal, cosa que
no puede afirmarse de que se curse alguna materia de segundo
mientras se repite primero. Tanto el artículo 36.2 de la LOE como el
13.2 del borrador de Real Decreto establecen que “los alumnos
promocionarán de primero a segundo de bachillerato cuando hayan
superado las materias cursadas o tengan evaluación negativa en dos
materias como máximo”. Ni la Ley ni el borrador dan pie al
acceso a materias de segundo desde primero: a las materias de
segundo se accede cuando se han superado las de primero. Permitir
que repetidores de primero accedan a materias de segundo sería un
fraude de ley –además de confirmar la percepción que todos -medios,
profesores, fuerzas sociales y alumnos- tienen de la propuesta: no
se trata de una repetición de primero sino de un acceso parcial a
segundo. En consecuencia, se acumularán las impugnaciones.
No todo será negativo con el nuevo
Bachillerato, pues, sin duda, habrá algunos alumnos, pocos, a los
que los estudios en cómodos plazos les facilite el acceso al título
de bachiller y con ello se rebajarían los índices de fracaso.
También podría considerarse que tantos alumnos repetidores parciales
harán que aumenten los grupos de clase y se creen más puestos de
trabajo. No creo, sin embargo, que las posibles ventajas específicas
superen los inconvenientes globales y, además, pienso que, por un
lado, los alumnos con mayor limitación intelectual o laboral deben
recibir otro tipo de opciones, como apoyo personal o estudios
nocturnos, y, por otro, preveo que con el bachillerato líquido que
se nos viene encima aumentarán los abandonos a mitad de trayecto y
el fracaso escolar, y con ello disminuirán los grupos que atender.
En conclusión, se nos va encaminado
hacia un Bachillerato líquido -en el sentido que le da a este
término Zygmunt Bauman, por la falta de consistencia. Alejándonos de
Europa, se nos lleva a deshacer el edificio relativamente sólido del
Bachillerato tradicional, sumergido en un magma gelatinoso de
mediocridad. Personalmente, tras cinco sexenios de profesor, me
inclino por la solidez -que no implica inmovilidad- y por que el
borrador se modifique con consideraciones como las expuestas en este
escrito. De lo contrario, el alumnado irá caminando borroso, ligero,
disolvente, inmaduro y líquido.
Isidro Cabello Hernandorena
Máster en Gestión y Dirección de
Centros Educativos |