EL MUNDO
TRIBUNA / EDUCACIÓN|JOSE ANTONIO MARINA
·
01.10.2009
EL
TEMA de la autoridad en la familia y en el sistema educativo inquieta desde
hace decenios. Esperanza Aguirre ha vuelto a llamar la atención sobre él,
prometiendo una ley que otorgará al profesor-funcionario la calidad de
«autoridad pública», para protegerle así de los ataques de padres y alumnos. Me
parece muy bien. Al menos ha hecho algo. Pero pensar que ésa es la solución
sería lo mismo que decir que el problema de la autoridad de los padres está
resuelto porque el artículo 154 del Código Civil dice que los hijos «deben
obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su potestad y respetarles
siempre». La cuestión está en cómo exigir o conseguir el cumplimiento de esa
obligación.
Vivimos
en una sociedad permisiva, después de haber vivido durante decenios en una
sociedad autoritaria. Y comenzamos a sentir miedo. Por todas partes se lamenta
la hipertrofia de derechos y la atrofia de deberes, y se reclama la recuperación
de la autoridad como panacea. Sarkozy hizo de ello el centro de su programa,
abominando de mayo del 68 y de su prohibido prohibir, y el fervor con que se
aceptó su propuesta alarmó a un gran sector de la ciudadanía francesa, que vio
levantarse el fantasma de un autoritarismo democrático de nuevo cuño. No
olvidemos que dentro del estúpido reparto de valores llevado a cabo entre las
ideologías políticas, la autoridad se atribuye a la derecha y la libertad a la
izquierda. Lo tacho de estúpido porque plantea un maniqueismo
dificilmente vivible, ya que ambos valores van
coordinados. Ante tales confusiones, hace falta una profunda elaboración
intelectual del problema y de sus soluciones. Sin entusiasmos ni ataques
precipitados. No podemos reclamar autoridad si no sabemos qué autoridad estamos
reclamando. Con frecuencia, al hacerlo, sólo se pide «mano dura», «orden» y
«disciplina», y esto tiene poco que ver con la verdadera autoridad.
La
preocupación por la quiebra de la autoridad es intensa y universal. Alain Renaut en Le fin de l'autorité
considera que es «una crisis estructural de las democracias, una crisis de
legitimidad sin precedentes», y Hannah Arendt
afirmaba que «si se pierde la autoridad, se pierde el fundamento del mundo».
¿Es sensato tanto alarmismo? Lo que es sensato, ante todo, es aclarar el
término. Pongámonos manos a la obra.
El
concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un
hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En
cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia
de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el
súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta
relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica
una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien
reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar
nada. Es desde el respeto desde dónde se debe definir la autoridad, que no es
otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura
una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen:
quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.
Éste
es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como «es una autoridad
en medicina». Y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un
policía es representante de la autoridad. Esto sólo ocurre cuando el poder es
legítimo y digno, porque en una tiranía la policía es sólo un representante del
poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado. Sólo la tiene
cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No
lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de
legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que si desaparecía, se hundían los
fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se
refería.
La
autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito
propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: «Pude hacer
esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más
autoridad». Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones
especialmente importantes por su función social: el Estado, el sistema
judicial, la escuela, la familia. En este caso, la autoridad no es el ejercicio
del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa
dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a
quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas.
Por ello, todos los jueces, padres o profesores merecen respeto
«institucional». Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les
obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación
profesional, podríamos decir.
Como
se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de
la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias
acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las
diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es
una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada
en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto,
y, por eso, tiene razón Alain Renaut en el texto que
cité al principio. La crisis de autoridad es una crisis de la democracia.
APLIQUEMOS
esto a casos concretos. Volvamos a la escuela. Lo primero que hay que hacer es
fomentar el respeto por la institución educativa. Su autoridad institucional
deriva de la importancia y legitimidad de su función social. Y de ella, a su
vez, procede la autoridad conferida a los que deben cumplir esa función: los
maestros y profesores. Espero que la Ley propuesta por Aguirre insista en este
punto. Lo decisivo es proteger la escuela, prestigiarla, con todos los recursos
estatales, porque de ahí deriva todo lo demás: la dignidad de la función
docente, y la necesidad de que sus protagonistas puedan ejercerla debidamente.
La escuela es un ámbito que debe ser especialmente cuidado y protegido -y
querido- por la sociedad entera.
En
segundo lugar, debemos poner en funcionamiento los mecanismos legales,
económicos, pedagógicos, necesarios para que todos los que trabajan en el
sistema educativo -desde los profesores a los conductores de los autobuses
escolares- sientan que su misión es importante y respetada. Y, por último, los
docentes deben reponder a esa dignidad, buscando
continuamente la excelencia. La misma que pedimos a todos los profesionales que
intervienen profundamente en nuestras vidas.
El
modelo funciona también respecto de la institución familiar. Debemos comenzar
reafirmando la importancia de la institución, que la hace merecedora de respeto
por su función social. De esa función deriva la autoridad de los padres, lo que
implica el apoyo legal, económico y educativo necesario para que la puedan
realizar. Por último, esa autoridad exige a los padres que cumplan bien sus
deberes, que busquen la excelencia parental. Podríamos decir cosas muy
parecidas de la autoridad política y jurídica, lo que nos haría ser
inevitablemente repetitivos. En ambos casos necesitamos una recuperación de la
dignidad de la institución, una reafirmación de su función social y, a partir
de ahí, exigir la ejemplaridad, la excelencia a los encargados de realizarla.
Como
ven, la recuperación de la autoridad no quiere decir sin más recuperación del
orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La
democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo,
aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A
cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La
autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su
presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba
«desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente».
José
Antonio Marina es filósofo y ensayista. Su última obra publicada es La
recuperación de la autoridad.
autoridad.
(Del lat. auctorĭtas,
-ātis).
1. f. Poder que
gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho.
2. f. Potestad,
facultad, legitimidad.
3. f. Prestigio y
crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su
calidad y competencia en alguna materia.
4. f. Persona que
ejerce o posee cualquier clase de autoridad.
5. f. Solemnidad,
aparato.
6. f. Texto,
expresión o conjunto de expresiones de un libro o escrito, que se citan o
alegan en apoyo de lo que se dice.