Desde el furgón de cola

El Periódico - 22/09/2005

El verdadero problema radica en que a la inmensa mayoría de las personas implicadas en el mundo educativo sólo les interesa que la inercia y el voluntarismo de los implicados hagan que el tren avance curso a curso.

ANTONIO Aramayona

Una vez más, cual rayo que no cesa, ha vuelto a aparecer en los medios de comunicación un informe que sitúa a España en el furgón de cola del llamado fracaso escolar en Bachillerato y Formación Profesional: abandona un mayor número de alumnos y sus conocimientos son inferiores a la media europea. Algunos se rasgan las vestiduras de inmediato pronunciando el discurso apocalíptico de siempre sobre lo mal que va casi todo respecto de cualquier tiempo pasado y muchos aprovechan la ocasión para echar la culpa del desaguisado a quien se les ponga por delante, con tal de salir indemnes de la quema.

Sin embargo, puestos a decir inconvenientes, vaya por delante que ahora la cuestión de la enseñanza (también el Bachillerato) nunca ha estado tan menos mal. Entre otras cosas, porque antes estudiaba una minoría y todos los demás se ponían el mono de trabajo a edades muy tempranas con muy escasos estudios elementales, sin que un solo miembro de la agrupación de agoreros y plañideros que actualmente pululan por el mundo educativo moviera nunca jamás un solo dedo o derramara una sola lágrima cocodrilera. O sea, quizá ahora no funcione bien la enseñanza, pero antes ni funcionaba para la mayoría.

Ahora, los chavales están en un centro educativo como mínimo hasta los 16 años, y allí ejercen su derecho inalienable a la educación. Ciertamente, hay docentes, ahítos de amarga nostalgia, que no saben qué hacer con algunos de ellos, y lamentan el descenso de nivel, la ausencia de motivación y esfuerzo o la falta de disciplina. Y no les falta por completo la razón: por desgracia, los alumnos no vienen ya educaditos, a veces hasta en las cosas más elementales, lo que no deja de ser un gran inconveniente, el mismo que cuando alguien tiene el mal gusto de aparecer en un hospital con infarto de miocardio en un fin de semana.


ESPAÑA HA SIDO un país de ignorantes, con una minoría de gente con estudios medios y superiores. Desde hace muchos siglos, el pueblo estaba sumido en la nesciencia, el temor y la superstición, y a esa minoría académicamente formada le parecía de perlas la situación. Los incultos entraban a sus casas a pintar las paredes o arreglar las cañerías, pero todo iba a pedir de boca con tal de que todos fueran a misa los domingos. Con la Segunda República se realizó un avance enorme en el ámbito de la educación, pero ya se encargó la minoría exquisita de que las cosas volviesen pronto a su cauce habitual. Desde la transición democrática, se ha ido dando pasos hacia la universalización y la realización del derecho constitucional a la educación, pero aún queda un trecho largo por recorrer. De ahí que comparar a España con Finlandia o con Japón resulte muy ilustrativo a efectos estadísticos, pero demuestra tener los pies en la Luna.

A España apenas le rozaron el Humanismo y el Renacimiento. España apenas se enteró de la Ilustración. España ha estado vegetando entre vapores de autosatisfacción, a la vez que se proclamaba adalid de la ortodoxia y de las verdades eternas. España ha estado en manos de las minorías eclesiásticas, sociales y económicas que consideraban esa situación como el mejor de los mundos posibles, y, si alguien se movía, fueron inventando hogueras, asonadas, guerras civiles y represión a discreción. España ha crecido y progresado mucho en los últimos treinta años. Sin embargo, sería un error perder de vista su pasado, su oscuro pasado para una buena parte de los ciudadanos.


PERTENECEMOS a la UE. En nuestros bolsillos hay euros. Podemos cruzar ya las antiguas fronteras sin pasaportes ni aduanas. Sin embargo, otra cosa bien distinta es la mente, el intelecto, la cultura, la educación. En este terreno llevamos siglos de retraso y resulta mucho más difícil ponernos a la par de otros países. Ojalá Finlandia o Francia nos llevasen ventaja sólo en los conocimientos de matemáticas, lengua o ciencias naturales, pues eso tiene relativamente fácil arreglo. El verdadero problema radica en que a la inmensa mayoría de las personas implicadas en el mundo educativo les importa un comino la educación: la educación de todos, sin excepción; la conexión real entre Educación Secundaria, Bachillerato, Universidad, Formación Profesional y el mundo laboral, empresarial y profesional. Lo que realmente les interesa es que la santa ley de la inercia y el voluntarismo de los implicados en la cosa de la enseñanza hagan que el tren vaya recorriendo estaciones curso tras curso. Al fin y al cabo, los furgones de cola también forman parte del tren. Eso sí, ellos y sus hijos, en AVE.

*Profesor de Filosofía