UN GRADUADO DE QUINCE AÑOS

Artículo publicado en Escuela Española; Núm. 3.364, abril 1998.

            Uno de los escollos más difíciles de franquear con acierto en la ESO y que crea mayores quebraderos de cabeza a todos los profesores responsables, a los padres y a la Administración, estriba en qué hacer con los alumnos al final de la misma: si otorgarles el Graduado, para que puedan continuar estudiando Bachillerato o Ciclos Formativos de Grado Medio, o no otorgárselo y, en consecuencia, conducir a los alumnos hacia los escasos  Cursos de Garantía Social, o el mundo laboral, o, sobre todo, teniendo en cuenta su casi nula preparación laboral, al paro y la probable marginación. La situación actual, en que todo alumno con Graduado puede matricularse, esté preparado o no, con asesoramiento o no, en Bachillerato, podría propiciar que los profesores sean más estrictos al calificar. Conviene, pues, buscar fórmulas imaginativas para superar el escollo y algunas, en efecto, se están gestando con el fin de que el Graduado no sea logro de dos tercios de los alumnos: ligar las prioridades de los estudios post-ESO al itinerario cursado en 4º de ESO, otorgar el Graduado pero con calificación y dando prioridad a determinadas calificaciones para acceder a ciertos estudios posteriores, etc.

            Estas propuestas resultan loables por ahora, pero convendría ir más al fondo de las posibles soluciones. En este sentido, cabe recordar que la obligatoriedad legal de escolarización hasta los dieciséis años puede aparecer como un obstáculo para toda reforma creativa de la LOGSE. Sin embargo, puede buscarse una fórmula que aporte ventajas para todos y cumpla los requisitos legales. La que se ofrece a continuación va en esa vía:

            La ESO duraría tres años, con lo cual los alumnos tendrían, al menos, quince años al terminarla. En ese momento, los alumnos recibirían o no el título de Graduado en Enseñanza Secundaria. Los alumnos con Graduado, según sus resultados y su voluntad, irían a Bachillerato, que tendría una duración de tres años y proporcionaría una preparación más completa, o a Ciclos Formativos de Grado Medio, que tendrían una duración de dos años, tras los cuales los alumnos podrían incorporarse al mundo laboral, coger experiencia y poder, si lo deseasen en el futuro, pasar las pruebas de acceso al Grado Superior. Los alumnos sin Graduado irían obligatoriamente, de momento, salvo que ya tuviesen dieciséis años y quisiesen probar otro modelo de vida, hacia los Cursos de Garantía Social, que durarían, al menos, un año, y les darían una preparación laboral, además de reforzar sus conocimientos básicos; con esta preparación, los alumnos sin Graduado podrían optar al mundo laboral, acumular experiencia profesional y, en su caso, si más adelante deseasen cursar estudios reglados de formación profesional, podrían pasar las pruebas previstas con más probabilidades de éxito que en las actuales condiciones. Con esta propuesta global, todos los alumnos estarían efectivamente escolarizados hasta los dieciséis años, pero aprovechando al máximo sus capacidades y aptitudes.

            Esta propuesta requiere una modificación parcial de la LOGSE. Ahora bien, ¿qué partido puede oponerse a la misma? De todos es sabido que incluso entre los impulsores principales de la LOGSE se barajaba una propuesta parecida a esta; sólo les faltó la fórmula para superar el escollo del desfase entre la edad de finalización de la ESO de tres cursos (quince años) y la edad de escolarización obligatoria (dieciséis). Ahora se propone una fórmula concreta y factible: adelantar un año los Cursos de Garantía Social; con ello se garantiza la principal aportación de la Reforma Educativa: la enseñanza obligatoria hasta los dieciséis años. Y, por supuesto, muchos de los males que continuamente aparecen reflejados en los escritos y en las conversaciones de los profesionales de la enseñanza en activo decrecerían en proporción e intensidad significativas.

 

Isidro Cabello Hernandorena.

Máster en Gestión y Dirección de Centros Educativos